25 de agosto de 2026
Artículo escrito por Diego Villalón García, de Fundación MÁS QUE IDEAS.
Las palabras tienen un don especial. Emplear unas u otras cambia la forma en que entendemos, interpretamos y asimilamos lo que sucede a nuestro alrededor. Pero, en el momento en que la palabra «quimioterapia» apareció en la conversación, el resto de las palabras —muchas de ellas eufemismos y tecnicismos que trataban de adornar la realidad— pasó a un segundo plano.
Tuve un cáncer… ¡con 23 años! Como quiero que este texto vaya precisamente de las palabras y de la importancia que tienen para humanizar nuestro querido sistema sanitario, me gustaría destacar que la palabra que mejor definió mi diagnóstico y, casi diría, todo mi recorrido con el cáncer es vulnerabilidad.
De repente te topas con una realidad que todos compartimos: nuestro tiempo es finito. Pero no es lo mismo pensarlo que sentirlo. El mundo se convierte en un espacio farragoso, donde sientes que todo lo que tienes pertenece al pasado. El futuro se vuelve incierto y el presente, sombrío. Incluso para alguien como yo, que tuvo la suerte de recibir un buen pronóstico.
Y ahí aparece otra palabra fundamental: pronóstico. Una palabra que, en ocasiones, tiene tanta o más importancia que diagnóstico. Y en ambos casos, tan importante como lo que se dice es la forma en que se dice. Sin embargo, a veces sentimos que esa información se transmite como un trámite, más para cumplir con el deber de informar que para ayudarnos a comprender. O, sencillamente, se nos niega ese derecho con la intención de protegernos… pero ¿a quién se está protegiendo realmente?
Han pasado 22 años y aquí sigo, poniendo todo mi empeño en seguir bien mucho más tiempo. Pude curarme del linfoma y, gracias a todas las personas que conocí a raíz de la enfermedad, descubrí una vocación que no sabía que tenía: dedicarme al trabajo social y al ámbito de las asociaciones de pacientes y las organizaciones civiles.
Desde entonces, he conocido a muchas personas con cáncer y a sus seres queridos. Cada una podría definir su experiencia con una palabra distinta, porque no existen dos historias iguales. Pero también he descubierto que hay elementos que, de una forma u otra, nos unen a todos.
Queremos curarnos, pero no siempre es posible. Lo que sí es posible, en todos los casos, es recibir unos cuidados óptimos. Cuidado es una palabra inmensa. Mucho más amplia que el autocuidado, un concepto que a veces parece imponernos unas exigencias difíciles de alcanzar. Hablo del cuidado mutuo, del cuidado de quienes queremos y del cuidado profesional. Creo profundamente en una sociedad basada en los cuidados, entendidos como una forma de acompañamiento empático, respetuoso y adaptado a las necesidades de cada persona. Unos cuidados que tengan en cuenta las necesidades de las personas que conviven con una enfermedad, de quienes las acompañan y también del personal sanitario, porque cuidar bien también implica cuidar a quienes cuidan.
Porque, ante todo, somos personas, antes que pacientes o supervivientes. También somos hijos, madres, amigos, vecinas, compañeras de trabajo… no solo personas cuidadoras. Qué caprichosas son las palabras y qué poder tienen para situarnos en el mundo.
Por eso, quizá el mayor acto de humanidad que podemos ofrecer sea elegir bien las palabras. Porque no cambian un diagnóstico, pero sí pueden cambiar profundamente la manera en que una persona vive con la enfermedad.











